"El Rostro que No Conocía"

Fotografía por Hilda Hurtado ©


Obscura la noche y largo el camino, envuelta bajo muchas capas de abrigo caminaba Ella. Sin pensarlo dos veces dejó atrás la cálida cama y la bebida caliente, prefirió buscar una respuesta al frío vacío de su alma, bajo el vacío frío de la ciudad.

Edificios altos y luces multicolores, muchos lenguajes y diversas personas  comenzaban a acompañar su caminata. La gélida brisa hacía ya estragos en sus mejillas. En la esquina y sentado sobre una maleta se encontraba un hombre, de tal vez edad mediana y de larga cabellera, que con la melodía que arrancaba de su violín, ganaba papel y metal para poder llenar su vacío; se detuvo Ella frente a él como hipnotizada por las notas, su corazón pensó que la música era el alimento y aunque lo regocijó por unos instantes, al cesar "La Traviata", se percató que no lo era. Ella cruzó miradas con el hombre y rápidamente buscó en su bolsillo algo de dinero, dos monedas dejó caer en la boca abierta que el estuche del violín tenía para acaparar lo que quisieran lanzarle. Muy atinada canción  pensó Ella, ya que así se sentía, precisamente extraviada.

Siguió caminando y ahora la ruta la conducía nuevamente a un destino desconocido, de pronto una réplica casi exacta de Marcel Marceu la paró en seco, con ademanes y pantomimas logró sacarle unas cuantas sonrisas, al terminar el acto, ella volvió a buscar dinero en sus bolsillos y rápidamente remuneró al mimo por haberla hecho sonreír; él agradeció el gesto con un fuerte abrazo. Ella siguió su camino, pensando en lo fácil que puede alguien expresar muchas cosas sin necesidad de utilizar una sola palabra y emplear muy bien "El Arte del Silencio".

Dos bloques mas adelante, mientras cruzaba la calle , pudo percatarse de un hombre mayor que empujaba una pequeña carreta llena de rosas, el individuo se detuvo por un instante y ofreció una de sus rosas a un pareja de novios, que abrazados paseaban sobre la acera; la brisa impertinente arrastró la pequeña carreta hacia la calle y un auto a toda velocidad la golpeó y la elevó por los aires dejando caer las rosas en diferentes direcciones. Ella no se contuvo y corrió a tratar de socorrer al anciano, que con tristeza, veía como su fuente de sustento estaba a punto de quedar reducida a nada. Ella no vaciló en tratar de detener el tráfico o al menos tratar de desviar a los coches que se acercaban en esa dirección, mientras el anciano recogía apresuradamente las rosas, finalmente cuando la luz cambió a rojo, Ella se acomidió a ayudar al hombre a recoger las últimas rosas que yacían debajo de  los autos parqueados cerca de la acera. Cuando Ella le entregó al anciano la última rosa , que por cierto era blanca, el hombre no quiso cogerla, Ella insistentemente la devolvió y él se volvió a negar; buscó nuevamente en su bolsillo algo de dinero sin encontrarlo en esta ocasión, quería pagarle; pero él replicó muy pausadamente: " Acaba usted de salvar mi mercancía, era lo último que me quedaba y necesito venderlas para completar el dinero para pagar la renta del lugar en donde vivo, pero esta rosa que le regalo es mi humilde remuneración a tan noble gesto". Ella se sintió muy feliz al oír estas palabras y le nació dar un abrazo al anciano, quien después de recibirlo, se alejó caminando lentamente por la acera. Acababa de empezar a comprender algo en que jamás se había reparado a pensar. Ella salió a buscar respuestas y las encontró, lo irónico es que dichas respuestas, siempre las había llevado por dentro.

Cada ser con quien se topó en el camino, se encontraban en la misma situación que ella, solo que con diferentes perspectivas. Se encontraban en medio de la fría noche tratando de llenar vacíos, todos lo hacían a su manera, se trataba de dar y recibir; lo cierto es que brindaban felicidad y ya sea con música, mímicas o flores, intentaban llenar corazones para poder subsistir. En un abrir y cerrar de ojos, Ella tenía en frente a una  mujer que reflejaba en su rostro un brillo inusual, una sonrisa amplia y de sus pupilas, una luz muy peculiar  emanaba. Ella nunca había conocido rostro igual. Esta mujer la observaba maravillada y viceversa. La mujer a quien Ella se enfrentó, era nada mas ni nada menos que su propio reflejo. Un espejo enorme descansaba en mitad de la vereda, reposaba sobre un pedestal y esperaba ser trasladado a una de las tiendas del lugar que se encontraba en remodelación. Ese espejo que de pronto obstruyó su camino, le permitió descubrir un rostro que no conocía.

© 2014 Hilda Hurtado

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