" La Centáuride"

Semanas enteras se planeó el encuentro, sin embargo la lluvia y las inclemencias del tiempo no permitían que se lleve a cabo. Habían pasado ya muchas lunas desde la noche aquella cuando la bestia femenina paseaba muy cerca del precipicio; lo hacía custodiando parte del Olimpo, no permitiría que alguien perturbara el dulce sueño de los dioses.
Algo se movía en medio de la obscuridad y lamentos salían de la materia en movimiento, se acercó a trote torpe y venció su parte humana para ayudar al desvalido. Sus ojos se prendaron en el torso desnudo de un fornido hombre quien mal herido se desangraba en el suelo. La Centáuride lo tomó en  brazos y lo condujo sobre su lomo hacia lugar seguro. Muchos amaneceres y atardeceres serían testigos de  el mas extraño y perverso amor que nacería entre el guerrero y la Centáuride, quien por su naturaleza no le era permitido amar a nadie mas que a su propia especie. El hombre bebió de las infusiones herbales mas complicadamente preparadas y sanó sus heridas corporales con ungüentos de materia volcánica. Aunque al principio el mortal sintió temor al estar en manos de ella, debido a la manera en que los Centauros arreglan todo- dejándose llevar por sus bajos instintos-, el rostro apacible que ella reflejaba, logró tranquilizar un poco su ya inquieto corazón. Ella necesitaba que él estuviese lo mas fuerte posible para el día en que se efectuaría la batalla, ya que era inminente. A traición alguien había atentado contra la vida del mejor de los guerreros. El día que esperaban llegó, arco y flecha en mano , la Centáuride trasladó al hombre al campo de batalla. Los dioses observaban y custodiaban a sus guerreros, sin embargo la protección de el mortal solo dependía de la Centáuride. Muchos caían y ella en pié protegía con su propio cuerpo al valiente, su costilla fue herida y uno de sus senos cercenado, pero nada la detuvo en su misión, al contrario, utilizó el espacio que dejó su mama  perdida para apoyar el arco con firmeza, como lo haría una buena Amazona. Los dioses de la guerra se percataron del extraño comportamiento que ella tenía y además sabían que ya no resistiría por más tiempo, así que decidieron levantar una capa de humo, para que huyera junto al guerrero sin ser vistos. Ya muy lejos y rendida, cayó en un profundo sueño del que despertó días más tarde convertida en humano; el guerrero jamás se alejó de su lado y aquella que fue elegida por Paris, le concedió la mutación en recompensa al amor desinteresado que le brindó al mortal.

© 2014 Hilda Hurtado

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