"El Inmigrante"


Sentada en uno de los asientos del tren subterráneo, sin mas distracción que la música que entraba por mis oídos, mis ojos se detuvieron ante unos ojos tristes en los que se reflejaba la nostalgia de lo que se ha perdido.

La dueña de aquellos ojos, era una mujer de edad mediana y de rasgos indígenas. De que país provenía, solo ella lo sabía, pero posiblemente de algún país de nuestra América de el Sur.
Quise regresar a mi insensatez y sumergirme en la melodía de una canción, pero un rayo de sol impertinente iluminó el rostro de aquella mujer, permitiéndome descubrir una inusitada belleza escondida en su alma y algo mas que jamás pensé conocer.

El relato, lo comenzó ella y lo hizo sin pronunciar palabra. Dejó atrás una vida y una historia, para vivir otra. Tal vez su partida era necesaria, ya que sus hijos necesitaban educarse, vestirse y alimentarse y su condición social y laboral no le permitían cumplir a cabalidad, con el papel de madre soltera, su decisión de dejar su tierra era vital para quienes llevaba a cuestas, valiente demostración de amor y sacrificio. El éxodo la podría enfrentar con la muerte.

Sus manos se veían maltratadas, parecían cuarteadas por la humedad y el jabón, trabajaba en la cocina y  limpiaba pisos; pocas posibilidades de un excelente trabajo para alguien ajeno a esta cultura y sin legalidad en este país de primer mundo, ya que el trabajo que el inmigrante acepta realizar, es aquel que el nativo en repetidas ocasiones rechaza. Sus pies se encontraban cansados, habían caminado kilómetros de tristeza, ensuciándose con el lodo de el olvido; olvido que muchos profesan hacia los menos afortunados, olvido que muchos regalamos a quienes no conocemos.

Cuantas noches pasaría en el desierto de las almas? Cuantos días bajo el mismo sol que hoy roza su faz? Cuanto frío habrá helado sus alas?. Estas preguntas tenían sus respuestas.

Vivía ella en una habitación, la que alquilaba teniendo como únicos compañeros a sus santos y sus velas encendidas. Oraciones nocturnas, pedían por salud y por una absolución debido al abandono forzoso de sus crías. Le preguntaba al creador si volvería a celebrar una Navidad junto a los suyos.

El tren se detuvo en una de sus estaciones reglamentarias y la mujer se levantó de su asiento algo apresurada, yo regresé a mi mundo, sin embargo dí un último vistazo a su rostro y ella inesperadamente me sonrío poniendo un punto final a su relato, luego se alejó perdiéndose en medio de la multitud.

Así como ella, hay muchos que viajan a mi lado a diario en el subterráneo, cada uno va escribiendo sus historias con la tinta de sus vivencias,  historias llenas de amargas alegrías y dulces tristezas, porque aunque muchos de ellos se encuentren solos físicamente, se acompañan de sus recuerdos.


© 2014 Hilda Hurtado.

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