Cicatrices


Ahora que indago en el pasado, recuento los daños.
Mermelada de piña sobre el pan tostado que desayunaba
una mañana fría de aquel Septiembre.
Tus manos toscas cayeron rudas sobre mis manos suaves
y la despedida siguió de inmediato.
El adiós, se transformó en el punto final de la historia.

Mis lágrimas cayeron endulzando el café.
Recuerdos intactos, frases no dichas,
besos encadenados y sonrisas atrapadas;
definitivamente lágrimas llenas de dulzura.
El duelo comenzó cuando tus pasos cruzaron
la puerta y no dejaron huellas sobre el piso.

Mi mirada se fijó en el suelo, pretendió traspasarlo
animada por la conciencia despierta y las palabras
inválidas. El cuchillo de tu abandono se clavó en mi
pecho semidesnudo y rasgó con vehemencia
mi delicada piel, atravesó las capas de tejido
y llegó hasta el corazón, perforándolo para siempre.

Años transcurrieron para que cicatrice la rasgadura.
Intenté saturar la herida con hilos formados por
cientos de besos fortuitos y caricias aventureras que arribaron
a mi vida; se marcharon tal como llegaron, solo
consiguieron infectar con mentiras la herida y
el alcohol de las bebidas no sirvió como antiséptico.

Desnuda frente al espejo, hoy me percato que mi piel
se mantiene intacta, no hay rastro de lesión alguna,
sin embargo existen cicatrices ocultas, las que se
pueden percibir solo a través de mis palabras y de mis miradas,
en mi manera de amar;  alguien osó
decir que no poseo sentimientos.

Mi crueldad es el reflejo del dolor acumulado
durante años y que ahora se atreve a salir, contaminando todo
amor que se atraviese a su paso; no hay cicatrices si no
hubo heridas y no hay heridas, si no hubo agente
externo que las provoque. Las heridas que provoca el amor
no correspondido, aunque se transformen en cicatrices, nunca se curan.


© 2014 Hilda Hurtado A.






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