El Hombre de Madera

Sentado muy tranquilo, navaja en mano, tallaba. Tarde a tarde se sumergía en un mundo distinto, un mundo desconocido para el resto de la humanidad.
Adriana, llegó muy apresurada a la estación, el tren estaba por partir. El camino sería algo largo pero el destino era el más esperado por ella, ya que cada periodo vacacional, la joven viajaba hacia la hacienda de sus abuelos, ubicada en las afueras de la ciudad. Cámara en mano, no desperdició momento en captar imagen alguna que se presentó en su camino. La noche fue fría y la luna brillaba a la mitad, los ojos de Adriana iban prendidos en el firmamento y sus pensamientos colgaban de la luna.
Amaneció, sus abuelos la recogieron en la estación y juntos se dirigieron hacia la hacienda. El desayuno se encontraba servido sobre la mesa. Leche tibia, pan recién horneado, frutas y queso fresco. Luego de descansar un poco, Adriana tomó su cámara y se dirigió hacia el río. La maravilla natural que se levantaba ante sus ojos era fascinante, la joven expresó: " Dios es un buen pintor ".
Mientras Adriana fotografíaba a un árbol gigante, un extraño anciano tallaba sentado a la sombra de dicho árbol. La joven no quiso interrumpir el trabajo de aquel hombre , quien se esmeraba en crear la imagen de una mujer en el trozo de madera que sostenía en la mano.
El árbol tenía un gran tamaño y sus raíces se perdían en el fondo del río, que por cierto era muy caudaloso. Adriana se alejó de aquel lugar y siguió su camino, se perdió entre la maleza y tomó fotos de hasta el mas mínimo insecto que se le cruzó por delante. El sol decidió ocultarse y Adriana supo que era hora de regresar a casa , al llegar cerca de la orilla del río, se detuvo nuevamente frente al árbol y se percató que el hombre que había visto temprano, había terminado de tallar su figura y se mantenía firme  en la orilla, la joven lo observó en silencio y presenció una especie de ritual, ya que luego de cubrir la imagen que había tallado con barro obtenido del suelo, el hombre lanzó la pieza al fondo del río, luego giró y se marchó. Adriana siguió su camino, regresaría al día siguiente, necesitaba más fotos para su álbum.

La joven preguntó a su abuelo, si sabía algo de aquel hombre que había visto cerca del río y el abuelo narró una historia.
Años atrás el hombre del río, era uno de los hacendados más prominentes de la región, estaba casado con una joven muy dulce y de finos rasgos ; estaban hechos el uno para el otro. Una tarde salieron a caminar juntos, la dama resbaló con el barro fresco que había a la orilla del río y cayó en el agua , la corriente la arrastró y nunca se encontró su cuerpo. Por más que aquel hombre luchó por salvarla, le fue imposible, ya que nunca pudo divisar el cuerpo de su amada en la superficie mientras se lo llevaba la corriente. Desde ese entonces el visitaba el mismo lugar, tratando de encontrar el cuerpo de su amada, nunca lo logró y su obsesión lo condujo a la locura, haciendo que perdiera todo lo que tenía, sin embargo siguió viviendo en una casa pequeña que tenía dentro de las que fueron sus tierras. 
Adriana escuchó con atención el relato y decidió enfocarse en fotografiar a aquel hombre solitario.
Al día siguiente, la joven se dirigió hacia el río y se cercioró de que el hombre estuviera sentado tallando, discretamente se colocó destrás de un árbol y cámara en mano, captó varias imágenes del individuo.
Hubo algo que llamó mucho la atención de Adriana, esto fue precisamente el hecho que durante varios días, ella presenció el mismo ritual por parte del hombre, ya que al terminar de tallar la figurilla, la embarró de barro y luego la lanzó hacia el río.
Los días transcurrían y se acercaba el día en el que Adriana partiría hacia la ciudad y ella había aprovechado el tiempo en captar imágenes de muchos hermosos lugares. 
La joven no había regresado al lugar en donde había conocido a aquel hombre, desde hace ya varios días, la mañana anterior al día de su partida se dirigió hacia el río, quería tomar unas ultimas fotos y quería cerciorarse de que el hombre solitario, aun tallaba. Su sorpresa fue grande al encontrarse al hombre tendido sobre el suelo sosteniendo con fuerza la imagen en sus manos, Adriana corrió apresuradamente, quería socorrerlo, cuando ella se acercó lo suficiente y le preguntó si estaba bien, él no emuló palabra, sin embargo colocó sobre las manos de la joven la figurilla que había terminado de tallar e inmediatamente expiró. Adriana no sabía que hacer para revivirlo, prontamente corrió en dirección a la casa de su abuelo, la que quedaba muy cerca y le informó sobre lo sucedido, el abuelo llamó a algunos de los hombres que trabajaban para él y los llevó hacia el río, al llegar encontraron el cuerpo sin vida de el hombre solitario y trataron de reanimarlo, por una extraña razón , Adriana capturó el momento con su cámara, necesitaba llevarse una última foto de aquel ser.

Transcurrieron los años y Adriana se había convertido en fotógrafa profesional y también en madre de familia, una tarde se encontraba limpiando el ático de su casa y se topó con una caja en la que guardaba muchos recuerdos de su juventud e infancia, entre esos recuerdos estaba la estatuilla de madera que aquel hombre solitario le había regalado justo antes de morir y también encontró los rollos fotográficos que jamás reveló, así que movida por una extraña nostalgia, ingresó al cuarto oscuro que había acondicionado en su casa, allí cuidadosamente reveló las fotos que había tomado en aquel paseo a la hacienda de sus abuelos. Al comienzo tuvo temor de que los rollos estuviesen dañados por el paso del tiempo, pero mientras transcurría el proceso revelador se percató de que aún estaban en buenas condiciones. Al día siguiente recogió las fotografías y se sentó en el sillón , una a una observó las fotos, la última foto le llamó mucho la atención , ya que fue precisamente la foto que capturó del cuerpo inerte del hombre solitario. Junto al cuerpo se encontraba una mujer de finos rasgos y rostro amable, quien miraba al hombre con dulzura; Adriana sabía que ninguna otra mujer a parte de ella, se encontraba en el lugar aquel día, esta imagen le erizó la piel,  pero lo más asombroso fue el enorme parecido que tenía el rostro de esa mujer con el de su hija adolescente, llamada Alondra.

© 2015 Hilda Hurtado. 

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